La mañana despierta con el sonido de las campanas que llaman a misa. Se me antoja ir a todas las misas de la ciudad. Salgo de la habitación y el edificio me detiene para contarme la historia de los primeros misioneros dominicos que se aventuraron por estas tierras.

Todas las esculturas de apóstoles y santos predican al mismo tiempo en diferentes lenguas, a diferentes ritmos. El oro canta y rechina y brilla. Las columnas van en espiral para arriba y para abajo con el olor a incienso que sale de algún lado.

En un Viaje a Oaxaca, la protagonista se enfrenta con la amnesia colectiva de un pueblo que vive sus tradiciones apasionadamente, olvidando a veces los significados de sis rituales, pero siempre con una enorme capacidad de sentir, recrear sus creencias y dejar que las palabras se queden paseando.