La pequeña capilla que nos recibió ayer con el mismo asombro que ha recibido a tantos, nos deja partir con la misma tranquilidad con la que ha despedido siempre a quienes vinieron antes que nosotros a solicitar que se escuche su canto, que se curen sus pacientes, que se rieguen sus campos, que florezca su entorno, que permanezca la vida en su vida, la risa en sus labios, la luz en sus días.

Bajamos de la montaña llevando ofrendas de bosque para depositarlas en el desierto al regreso.

No es desierto, es chaparral espinudo. Es como quieras llamarlo, respondo, es sombras pequeñas que proyectan las pencas de yuca y los huitzaches; es pirules que dan leña verde que no sabe hacer fuego; es noches en que las estrellas hablan y construyen las heladas del amanecer, que se derriten en el calor de la tarde.

En la Sierra Gorda de Querétaro, la historia y las leyendas de las misiones, de los aguerridos ézar, de los pacientes xi’oi y de los místicos otomís que comparten la zona, dan a los viajeros un nuevo significado a la vida mientras las palabras se queden paseando…