Configuraciones Complejas: Identidad y Cultura

Por / Publicado:
Jose Antonio Mac Gregor

Este texto es un fragmento de una ponencia que leí en un Congreso Internacional realizado en Bogotá durante 1998, pretende explicar de manera clara y sencilla dos conceptos complejos que constituyen los pilares de la Gestión cultural comunitaria: Identidad y Cultura, y forma parte del Seminario de Gestión Cultural Comunitaria para la Innovación.

Por José Antonio Mac Gregor.

En ese entonces apenas iniciaba el pleno posicionamiento del concepto de Gestión cultural, que llegaría a México a finales de esa década y principios de la siguiente, principalmente con influencias provenientes de la Universidad de Barcelona, que había iniciado poco antes, sus primeros post grados en Gestión cultural.

Se afirma que los complejos procesos de construcción identitaria, que nos hacen ser lo que somos, provienen de prácticas sociales en las que circula la producción simbólica de un pueblo, configurando y reconfigurando identidades individuales y colectivas.

El papel de los símbolos, por ende, resulta fundamental para comprender que la Cultura es un conjunto de sistemas simbólicos en permanente proceso de cambio, actualización, confrontación, negociación que nos permite representar la realidad; se enfatiza la naturaleza material y significativa de los símbolos, afirmando que no puede soslayarse ninguna de estas dimensiones.

Los rituales como prácticas sociales que transmiten, crean y recrean sistemas simbólicos que otorgan una identidad específica, no son vistos aquí con aquélla concepción primitivista y “salvaje” del ritual, sino como parte importante de la dinámica de cualquier grupo social- desde los más tradicionales hasta los más “modernos”-, que también requieren fortalecimiento de la cohesión social.

Políticas Culturales y Formación de Promotores y Gestores Culturales para el Desarrollo Cultural Autogestivo.  Bogotá, Colombia 1988 

Conferencia impartida por el Mtro. José Antonio Mac Gregor C. 

Fragmento (Introducción y capítulo I) 

1.-Introducción 

El vertiginoso avance de los medios de comunicación masiva y su impacto cada vez más determinante en la transmisión de contenidos culturales ajenos-muchas veces opuestos-, a los requerimientos culturales de grandes sectores de la sociedad, han provocado que muchos procesos de identidad cultural sufran modificaciones sustanciales, particularmente entre los sectores populares de la sociedad. 

Ante esta situación le corresponden al Estado y a la sociedad civil, la instrumentación de políticas culturales tendientes a revalorar las culturas populares y étnicas y respetar el pluralismo cultural de nuestros pueblos. Todo ello, con el fin de promover un desarrollo cultural regional que impulse -y sea impulsado- por la dinámica del desarrollo general de la sociedad. 

Sin embargo, la promoción que múltiples instituciones y organismos han realizado en ese sentido, generalmente se ha limitado a ofrecer el “acceso” a bienes culturales y a “rescatar” el patrimonio cultural. 

Ambas acciones llevadas a cabo mediante políticas difusionistas (entendidas como un conjunto de acciones para “llevar cultura” al pueblo) y preservacionistas, han sido concebidas, diseñadas, estructuradas e instrumentadas por una “burocracia cultural” alejada de los procesos cotidianos de producción cultural que genera la sociedad. 

Lo anterior produce, por un lado, una imposición de servicios culturales institucionales que subordinan las necesidades culturales de los grupos mayoritarios del país (referidas fundamentalmente a la reafirmación y revaloración de la propia identidad) y por otro lado, obliga a éstos a desarrollar proyectos y propuestas de promoción cultural alternativas e independientes con respecto al Estado. 

El campo de la producción cultural, plural y diversa de una nación, se constituye en un espacio donde se desarrolla un conflicto cultural en el que se enfrentan varias concepciones del mundo. Estas corresponden a intereses diferentes y antagónicos: la concepción homogeneizante y autoritaria que predomina en la “burocracia cultural” -constituida por promotores institucionales, de origen urbano, que se enfrentan con las concepciones propias de los grupos indígenas y populares. 

Para contener el embate y la agresión cultural de las instituciones gubernamentales y sus promotores, las comunidades se organizan en torno a proyectos alternativos de promoción cultural, o en su defecto, crean y utilizan mecanismos intuitivos de “resistencia cultural”. 

2.- Identidad y Cultura. 

Todas las sociedades humanas, a lo largo de su desarrollo histórico, construyen y elaboran un tejido de significados simbólicos que sintetizan su ser material y espiritual, permitiéndoles a los individuos que las integran, contar con un sentido de pertenencia a su grupo social que los hace parte de él y diferente a otros. 

Las concepciones mecanicistas del marxismo restringieron los fenómenos culturales de significación a la superestructura, subordinando la cultura y la conciencia de los hombres a los procesos sociales materiales. Sin embargo, los productos humanos en forma de idea, palabras y símbolos deben ser concebidos como parte de ese proceso material, tanto como los productos materiales que han sido pensados y creados por el hombre. 

El esfuerzo está puesto ahora en superar la dicotomía entre mundo material e ideal para poder establecer una visión indisoluble de las conexiones mutuamente constitutivas entre la producción material, las actividades políticas, los procesos de significación, etc. Lo cual no implica que no puedan ser distinguidas con fines analíticos, pero que deben ser vistas como actividades y productos totales de los hombres y las sociedades reales. 

El sentido de pertenencia, que todo individuo posee, define la identidad de un grupo social. La identidad de un grupo se construye en las prácticas sociales, cotidianas y ceremoniales, que se realizan con una significación material y espiritual particular. 

Sin bien es cierto que todas las comunidades del mundo trabajan, comen, visten, hablan, descansan, se recrean, se asean, producen arte, etc. no todas las comunidades realizan estas actividades de manera igual; y es precisamente en ese cómo realizan sus prácticas cotidianas, que un grupo social busca la originalidad y distinción que lo diferencie de los demás. 

En estas prácticas cotidianas, los grupos sociales realizan una creación, recreación, uso y disfrute de su producción simbólica históricamente acumulada, que se caracteriza por ser polisémica, resignificable en el tiempo y en el espacio y con una operancia material que les permite usar y consumir dicha producción de un modo específico. 

Cuando nos referimos al carácter polisémico de la producción simbólica de un grupo social, reconocemos la capacidad de cualquier colectividad humana, de abstraer su mundo material y espiritual para sintetizarlo en símbolos cuya significación puede variar de acuerdo a su utilidad concreta, para dar cohesión y unidad a un grupo, aunque para otros grupos sociales o individuos de otros grupos, la significación sea diferente. 

Un símbolo adquiere significación en la inmensa gama de significaciones subjetivas que, orientadas de acuerdo a su papel colectivo, pueden unificarse para construir la identidad de un grupo. Es decir, los símbolos tienen la cualidad de crear la unidad en la diversidad, de permitir a un individuo que desarrolle su creatividad y sensibilidad para producir y reproducir la experiencia colectiva que él sintetiza: el grupo se enriquece de la producción y reproducción simbólica de sus individuos y, al mismo tiempo, cada individuo se enriquece del acervo simbólico colectivo, llevando en su interior el «sello» que lo hace parte del grupo. 

El carácter resignificable de los símbolos, se refiere a la capacidad de los individuos y grupos sociales de modificar la significación que le dan a sus símbolos atendiendo a las necesidades que se generan por las inevitables transformaciones que la naturaleza humana y el mundo material van sufriendo a lo largo de la historia. 

Los símbolos ordenados bajo pautas de significación histórico-social, integran los llamados sistemas simbólicos, que otorgan a una comunidad su identidad y son producidos a través de procesos materiales, de relaciones sociales de producción cultural y de significaciones espirituales e ideológicas que dan contenido a la forma representada a través del símbolo. 

De acuerdo a la naturaleza de los símbolos utilizados, podemos encontrar diferentes tipos de sistemas simbólicos como la música, la danza, el teatro, las artes plásticas, la literatura, la fotografía, el cine, el vestido, la comida, la arquitectura, la ecología, el juego, la recreación, las tradiciones, las costumbres, las leyendas, los mitos, los cuentos, las fiestas, las ceremonias, la tradición oral, la ciencia, la tecnología, el patrimonio cultural material, los adornos, las actitudes, las formas de organización, los deportes, las creencias. 

Sobresalen por su importancia como sistemas simbólicos la lengua, la memoria, la religión, la cosmovisión, la educación y las artes. 

Podemos encontrar sistemas simples que se integran con un solo tipo de símbolos como la música (que utiliza sonidos) o bien sistemas complejos que sintetizan dos o más sistemas simbólicos; por ejemplo, en una fiesta patronal una comunidad pone en juego su religión, su música, su danza, su vestido tradicional, su comida y bebida, sus costumbres, creencias y formas de organización. 

Y aunque los sistemas simbólicos conjugan sentimientos, formas de expresión, significaciones espirituales, mecanismos de comunicación, producción de conocimientos, ideologías y percepciones singulares, no es posible su cabal comprensión si los despojamos de la base material que los sustenta. 

El concepto de cultura del cual partimos para nuestro análisis y que se deriva de lo antes mencionado, es aquél que la define como el conjunto de sistemas simbólicos a través de los cuales representamos la relación entre los hombres, entre éstos y la naturaleza y con el cosmos. 

La vitalidad de una cultura reside en el desarrollo de la creatividad y el pensamiento, la sensibilidad y la imaginación de los pueblos en su vida cotidiana. 

La identidad se basa en la interiorización de experiencias sociales que pueden ser percibidas y vividas de modo que se realice una apropiación histórica de significaciones que unifican a una cultura. 

Por lo tanto, toda cultura requiere de mecanismos a través de los cuales se enriquezca, reproduzca, resignifique, trasmita y socialice su producción simbólica a todos los miembros que la conforman. Esta función es, entre otras, la que cumplen los rituales, que son prácticas sociales que se caracterizan por ser experiencias formales y repetitivas, por integrar los símbolos en espacios y tiempos específicos, bajo el control de normas sociales que otorgan y definen roles diferentes a los individuos, de modo que se logre sintetizar lo colectivo y lo individual, la unidad en la diversidad, lo material y espiritual en una dinámica que “ponga a tiempo” a los individuos para lograr una adecuada interiorización y apropiación de la experiencia

A través de rituales un grupo fortalece los procesos de identidad y transmisión de ideología. Los rituales pueden ser ceremoniales religiosos (bautizo, boda, velorio, fiesta patronal, Semana Santa, Navidad); también hay ceremoniales cívicos (fiestas que conmemoran hechos históricos); podemos también encontrar rituales que celebran ciclos naturales (día de siembra, día de la cosecha), rituales de grupos urbanos juveniles, entre otros. 

Los rituales retroalimentan los procesos de configuración de la cosmovisión colectiva, que permite la elaboración y construcción de un proyecto comunitario, ya que ella integra la experiencia histórica con todas sus frustraciones, esperanzas, fracasos, éxitos, luchas, anhelos y, en suma, el modelo de sociedad al que el grupo aspira. Por ello, las transformaciones de la naturaleza y de los hombres, exigen transformaciones de las explicaciones simbólicas que otorgan a toda cosmovisión colectiva un carácter dinámico y en permanente proceso de resemantización o resignificación de sus sistemas simbólicos. 

Dicha cosmovisión, necesita de la coherencia y la continuidad histórica en las representaciones ideológicas que favorecen los procesos identitarios y que se desarrollan en permanente reinterpretación e incluso idealización de la historia (como sistema simbólico relevante) que los grupos sociales ponen en práctica para justificar, adecuar, y reproducir sus identidades, de acuerdo a sus nuevos proyectos de vida social. 

En resumen, podemos afirmar que no existen individuos o grupos sociales sin identidad; puede haber crisis de identidad como resultado de un intercambio cultural desfavorable en términos de su correlación de fuerzas y la generación de procesos identitarios negativos (que altera procesos económicos, políticos, sociales, culturales y psicológicos), o fortalecimiento, fractura, consolidación, negociación o reafirmación de identidad pero no puede haber carencia de la misma. 

También se puede afirmar que no existen culturas “superiores o inferiores”, ya que toda cultura realiza una producción simbólica para representar su propio mundo material y espiritual, con una significación particular que le permite crear y recrear dicha producción, con el fin de elaborar y reelaborar aquéllos conocimientos, técnicas y formas de expresión que le posibilitan transformar su mundo, con una especial sensibilidad y creatividad que la hace diferente a las otras culturas y la integra a la vez en el todo social con un proyecto de vida propio. 

De lo anterior se desprende que, la cultura no sólo abarca aspectos ideológicos y de representación abstracta-espiritual, sino que además tiene una utilidad concreta, que le permite a un grupo aprovechar sus recursos materiales y desarrollar procesos científicos-tecnológicos que coadyuvan a satisfacer necesidades de la vida cotidiana. 

Más aún, en tanto que la cultura de una comunidad requiere ser transmitida de generación en generación, para cumplir su papel como generadora de identidad y cohesión grupal, y para enriquecerse y ampliarse permanentemente mediante procesos de dinámica social, cumple una importantísima tarea formativa que permite a los individuos asimilar, recrear y modificar su patrimonio cultural colectivo (en sus dimensiones tangible e intangible) a través de la interacción y 

participación en espacios sociales y formas culturales a partir de los cuales el ser humano adopta una forma de vida, aprende prácticas y hábitos comunes, valores, códigos, de comunicación y expresión, tradiciones, etc. que lo van formando como miembro de su comunidad. En este sentido, toda acción educativa es una acción cultural y toda acción cultural es educativa por los procesos formativos del individuo y la sociedad que de éstas se deriva. 

La cultura pues, no es sinónimo de erudición, refinamiento o de adorno, la cultura tiene, además de las funciones formativas y simbólicas que ya se han mencionado, funciones estéticas (donde cada comunidad define sus propios conceptos de belleza), funciones utilitarias (con las lo que un campesino enseña a su hijo a manejar un arado para que pueda satisfacer sus necesidades de alimento en el futuro), funciones comunicativas (para poder transmitir estados de ánimo, conocimientos, sensaciones, percepciones), funciones recreativas (para divertirse, distraerse de la rutina), funciones de condicionamiento (de adaptación, creación de necesidades y terapéutica), funciones rituales (para generar energía colectiva a través de la reiteración y la catarsis) y funciones contestatarias (para protestar, cuestionar y satirizar a la sociedad por la injusticia y la dominación, al tiempo que propone nuevos modelos de sociedad). 

Los rituales como prácticas sociales que transmiten, crean y recrean sistemas simbólicos que otorgan una identidad especifica, no son vistos aquí con aquélla concepción primitivista y “salvaje” del ritual, sino como parte importante de la dinámica de cualquier grupo social- desde los más tradicionales hasta los más “modernos”-, que también requieren fortalecimiento de la cohesión social. 



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