Personalización de espacios culturales para la inclusión y la equidad

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La inclusión se trata de personas y no de etiquetas.

Anna Ivette Rodríguez

En el 2007 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) estableció la Declaración de Friburgo (UNESCO, 2020) donde se decretaron los Derechos Culturales. Los ocho derechos establecidos en la declaración hablan de la importancia de la identidad que cada persona decida para sí, además de que es derecho el acceso y disfrute de los lugares y el patrimonio cultural. La identidad cultural, prácticas culturales, disfrute del patrimonio cultural, expresión cultural y educación cultural son los conceptos que rigen la Declaración de Friburgo.

El establecimiento de los derechos culturales marcan la pauta para la personalización de los espacios culturales, es decir, nos ofrecen los elementos a tomar en cuenta para construir lugares incluyentes y equitativos. Sin embargo, es importante decir que la inclusión y la equidad no son conceptos teóricos sino prácticos, son acciones hechas palabra y requieren de procesos de reflexión sobre lo que es y significa cultura e identidad.

En este artículo revisaremos los conceptos clave para la construcción de espacios culturales incluyentes y equitativos: cultura, identidad, estereotipos de género, discapacidad, inclusión y espacios incluyentes.

Cultura e identidad

Clifford Geertz presenta la metáfora de la “telaraña de los significados” (Nivón, 1991) con la cual nos muestra que la cultura y por ende la identidad están entretejidas, relacionadas y apropiadas por los sujetos y que éstas a su vez están construidas por sistemas de símbolos que son interiorizados por las personas y marcan las formas en las que éstas se relacionan. Es decir, dentro de un determinado espacio existen significados culturales que solo son entendidos dentro de sus límites, que fueron construidos por los miembros de esa comunidad, interiorizados y posicionados como filtros para entender la realidad, que generan prácticas culturales específicas y construye imágenes o modelos sobre personas y lugares, a todo lo anterior, lo llamamos cultura.

Gilberto Giménez en su texto “Estudios sobre la cultura y las identidades sociales” (Giménez, 2007) explica como ese tejido de significados potencia universos simbólicos que hacen que los sujetos “naturalicen” la visión del mundo, la forma de relacionarse y de interpretar los fenómenos sociales, por tanto, damos por hecho que así deberían ser y hacerse determinadas cosas. Los universos simbólicos o sistemas de símbolos son construidos en la interacción social, es decir son modelos compartidos por las personas.

Estos modelos compartidos y construidos en sociedad se le conoce como representaciones sociales. Serge Moscovici, menciona que las representaciones sociales son un “corpus organizado de conocimientos y una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad física y social, se integran en un grupo o en una relación cotidiana de intercambios» (Piña & Cuevas, 2004), es decir, son un código de comunicación común con el que los sujetos nombran y clasifican el mundo. Para poder entender la construcción de las representaciones sociales basta con preguntarnos: ¿cómo nos imaginamos a una abuela?; ¿Te la imaginaste con canas? ¿sonriendo y con lentes? ¿cariñosa y que cocina delicioso?, sí hay abuelas así, sin embrago, también las hay muy jóvenes, sin canas, enojonas y que no saben cocinar. Entonces, una representación social es una idea que se construye en sociedad sobre algo o alguien y que no necesariamente corresponde a al realidad. Sin embargo, esa representación social es tan poderosa que  a partir de ellas se realizan programas, propuestas y políticas públicas.

La cultura entonces es la organización social del sentido en forma de esquemas o de representaciones compartidas, y objetivado en formas simbólicas, todo ello en contextos históricamente específicos y socialmente estructurados (Giménez, 2007), es decir, no hay una forma de cultura sino una diversidad de culturas. Ante esto la UNESCO definió a la cultura como:

Conjunto distintivo de una sociedad o grupo social en el plano espiritual, material, intelectual y emocional comprendiendo el arte y literatura, los estilos de vida, los modos de vida común, los sistemas de valores, las tradiciones y creencias. (UNESCO, 2020)

Con esta definición, la UNESCO hace evidente un binomio que es imposible desasociar, cultura- identidad. La identidad es el proceso subjetivo por el que los sujetos definen su diferencia de otros sujetos mediante la autosignificación de un repertorio de atributos culturales. La identidad tiene una triple función: el reconocimiento del yo, la pertenencia y el reconocimiento del otro; tiene la capacidad de autoreflejo, no puedes identificarte como parte de algo si no reconoces la presencia de otro diferente a ti, lo que sucede en la mayoría de las situaciones es que se invisibiliza al otro.

La identidad tiene tres atributos: pertenencia social, atributos particularizantes y atributos caracteriológicos. La pertenencia social se refiere a la identificación con las regiones, grupos o colectivos; los atributos particularizantes son aquellas características propias del individuo y las caracteriológicas son aquellos que se refieren a los hábitos, las aptitudes, sistemas de creencias y estereotipos y roles de género. El concepto de identidad es inseparable de la idea de cultura debido a que las identidades solo pueden formarse a partir de las diferencias culturales.

Estereotipos de género

Así como no se puede hablar de una sola cultura sino de una diversidad de culturas ya que ésta se constituye de un entramado de significados, símbolos, prácticas sociales, conmovisiones y diferentes formas de ser hombre y ser mujer, es decir los estereotipos de género. Si hablamos de personificación de los espacios culturales es importante entender cuáles son las características con las que se construyen las representaciones sociales.

Antes de hablar de los estereotipos de género es importante diferenciar entre dos conceptos fundamentales, las diferencias entre sexo y género. Hablar de sexo es hacer referencia al proceso de combinación y mezcla de rasgos genéticos, deriva del latín “sexus” que significa separación o sección; el aparato reproductor, aparato genital o sistema genital es aquel que va a distinguir sexualmente entre hembras y machos, mujeres y hombres, mientras que el género es el conjunto de características diferenciadas que cada sociedad asigna a hombres y mujeres, por lo tanto, si es atribuido por cada sociedad éste puede cambiar, modificarse.

Daniel Cazés (Cazés, 2005) menciona que el cuerpo recibe una significación sexual a partir de los genitales que se posiciona como norma para los sujetos, ya sea para hablar de su masculinidad o su feminidad, mientras que el género, es una construcción imaginaria y simbólica que contiene el conjunto de atributos asignados a las personas a partir de la interpretación cultural de su sexo. Sin embargo, las críticas realizadas al sistema binario (hombre -mujer) y las reflexiones teóricas sobre el género desde los diferentes grupos de la comunidad LBTTIQ+ derivaron en el concepto de identidad de género, esta identificación es consecuencia del proceso de socialización con el modelo social masculino  o femenino y resulta determinante para asumir el papel (rol) de género. La identidad de género no es lineal, es decir, si es mujer su identidad es femenina y si es hombre su identidad de género es masculina, en ocasiones la identidad de género no corresponde con el sexo o se encuentra desvinculada de éste.

Los estereotipos de género se definen como concepciones y modelos sobre cómo son y como deberían comportarse las mujeres y los hombres (Leñero, 2010). Éstos se construyen en sociedad a través de los universos simbólicos y las prácticas culturales. Los estereotipos de género tienen la particularidad de reproducirse por todos los miembros de una comunidad ya sean hombres o mujeres y tienden a naturalizarse, es decir, a creer que se “nace” con ellos como rasgos biológicos.

Los estereotipos de género funcionan como etiquetas y en la mayoría de los casos son los directrices para establecer relaciones que trascienden el ámbito personal, son transversales a la vida privada y pública. El Principal estereotipo de las mujeres es el de “madre cuidadora”, por lo tanto se espera que ella cuide, alimente y ve por todas las necesidades de la familia y en especial de los hijos; el estereotipo de “proveedor” es la etiqueta puesta en los hombres, sin embargo, es claro que estos modelos que se traducen en roles o actividades específicas no son exclusivas de unas y de otros. Lo interesante y preocupante es que los estereotipos de género se toman como leyes universales que inciden en el ámbito laboral, económico, político y social, por ejemplo, se le llama “permiso de maternidad”, y hasta hace muy poco se está solicitando el permiso de cuidados para que los hombres también lo puedan tomar, ya que se asume que sólo las mujeres pueden realizar esa actividad, esta entre muchas otras situaciones.

Entonces, los estereotipos de género son uno de los filtros con los que vemos la realidad y con los cuáles construimos las representaciones sociales. Por ejemplo, ¿Cómo pensamos que deben ser los hombres? ¿Cómo pensamos que deben ser las mujeres?, y para nuestro caso ¿cómo imaginamos que es la persona que visita nuestros espacios culturales?. Por ejemplo, en una ocasión era necesario construir un plan de estudios para una carrera universitaria de reciente creación, la primera pregunta fue: contesta con sinceridad, ¿cómo te imaginas que es el estudiante que cursará la licenciatura, cuáles son sus características?, los resultados fueron los siguientes: un muchacho con mucha vitalidad, que lee, que trae su mochila con todos sus útiles escolares y disfruta lo que estudia; esto no está mal, el problema aquí es todas esas otras características que no estamos viendo y que es importante tomar en cuenta en un plan de estudios como la diversidad, discapacidad, raza, etnia, nivel socioeconómico, entre otros. Lo que pensemos sobre un lugar o una persona, de los hombres y las mujeres, de los indígenas, de la comunidad LGBTTIQ+, migrantes, discapacitados, influirá en el diseño, estructura y normatividad de los lugares y eso los hará incluyentes o no, equitativos o no.

Discapacidad

Otro de los aspectos fundamentales para la construcción de espacios incluyentes y equitativos es la condición de discapacidad de las personas. Cuando hablamos de la representación social de la discapacidad, la mayoría de las veces vienen a nuestra mente dos imágenes: la rampa pintada de azul y un hombre en silla de ruedas. Así como los estereotipos de género determinan la forma de ver los fenómenos sociales, lo que pensamos de la discapacidad también es determinante.

La discapacidad es la consecuencia de la presencia de una deficiencia o limitación en una persona, que al interactuar con las barreras que le impone el entorno social, pueda impedir su inclusión plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con los demás. La Ley General para la Inclusión de Personas con Discapacidad (Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 2011) define cuatro formas de discapacidad:

  1. Discapacidad física, es la secuela o malformación que deriva de una afección en el sistema neuromuscular a nivel central o periférico, dando como resultado alteraciones en el control del movimiento y la postura.
  2. Discapacidad mental, es la alteración o deficiencia en el sistema neuronal de una persona, que aunado a una sucesión de hechos que no puede manejar, detona un cambio en su comportamiento que dificulta su pleno desarrollo y convivencia social.
  3. Discapacidad intelectual, se caracteriza por limitaciones significativas tanto en la estructura del pensamiento razonado, como en la conducta adaptativa de la persona.
  4. Discapacidad sensorial, Es la deficiencia estructural o funcional de los órganos de la visión, audición, tacto, olfato y gusto, así como de las estructuras y funciones asociadas a cada uno de ellos.

La discapacidad física y la sensorial son las discapacidades que “se ven”, por lo general, los programas de inclusión en los espacios están centrados en este tipo de discapacidades, sin embargo, es importante comenzar a pensar en la discapacidad en todas sus dimensiones. Es importante contar con una rampa pintada de azul para que que una persona en silla de ruedas pueda transitar, pero la adaptación de los espacios debiera ser completa en cuanto a accesos, señalética en braille, lengua de señas, ajustes sensoriales, y capacitación de personal, sólo así se podría hablar de espacios culturales con inclusión.

Inclusión

Para hablar de inclusión es necesario transitar por los conceptos de exclusión, segregación e integración. La exclusión se refiere a la no participación de ciertos grupos de personas en los diferentes ámbitos de la sociedad; la segregación se refiere a la separación de las actividades para realizarse por un determinado grupo de personas y la integración posibilita a las personas de distintos grupos considerados atípicos participar de las actividades o prácticas dentro de la sociedad.

Para hablar de inclusión, la UNESCO se ha referido como “un enfoque que responde positivamente a la diversidad de las personas y a las diferencias individuales, entendiendo que la diversidad no es un problema, sino una oportunidad para el enriquecimiento de la sociedad, a través de la activa participación en la vida familiar, en la educación, en el trabajo y en general en todos los  procesos sociales, culturales y en las comunidades” (UNESCO, 2005). Esta definición nos marca el camino sobre los elementos que hay que revisar: la inclusión en los espacios culturales observa la diversidad, da cuenta de que todas las personas son diferentes, con necesidades distintas y que ésta debe ser transversal a todos los ámbitos, así que no sólo basta con colocar una rampa a la entrada de un edificio, es necesario visibilizar a la persona y no la etiqueta.

Espacios incluyentes

Desde la antropología, un espacio es un escenario donde se despliegan las prácticas socioculturales, el lugar que es identificado e identifica, está cargado de sentido para quienes lo habitan. Los lugares son físicos, virtuales pero también puede ser el propio cuerpo, el espacio donde se es.

Los espacios ayudan en la cosntrucción de la identidad ya que otorgan sentido de pertenencia, en ellos se tejen experiencias que dan como resultado sistemas simbólicos y por ende prácticas sociales que permiten establecer la diferencia con ese otro. Ser de una ciudad, un país, un barrio, una familia, cursar la escuela en el turno vespertino o matutino, un determinado museo y una exposición callejera, cada espacio va a posibilitar o no el disfrute del lugar y el patrimonio, el espacio cultural va a dotar o no de sentido de pertenencia.

Un espacio cultural debe saber que quien lo va a visitar son personas diversas, con gustos y hábitos distintos, de determinadas edades, con condiciones de discapacidad, raza y etnia y que aún en la homogeneidad de sus visitantes se encuentra la diferencia. Por lo tanto, se hace indispensable la revisión individual y colectiva sobre las representaciones sociales de quien es la persona que visita y llega al lugar.

Incluir implica nombrar y visibilizar. El lenguaje importa, Johan Galtung (Galtung, 1995) sostiene “las lenguas producen estructuras entre los emisores y los receptores de la comunicación verbal, y estructuran la realidad que intentan reflejar en sus expresiones”; el lenguaje no solo es un estilo de decir las cosas, en él lleva implícito la esencia de una sociedad. Por lo tanto decir todas y todos es importante, pero lo es también visibilizar a esos que por estereotipos de género o discriminación están invisibles.

Dentro del grupo de reflexión “Inclusión y equidad: tan iguales como diferentes” del Encuentro Internacional de Amigos de la Biodiversidad y Manejo de Visitantes 2019 (Identidad y Desarrollo, 2019) se llegó a la conclusión de que “la inclusión es vernos en medio”, es decir, que los espacios deberán hacer adecuaciones, pensar en personas diversas y los visitantes aprender sobre normas y reglas de los lugares.

La personalización de los espacios culturales para la inclusión y equidad deberá tomar en cuenta las siguientes consideraciones:

  • Se debe considerar la inclusión desde diferentes ámbitos que generan discriminación (como el económico, el ciclo de vida, el género, la etnicidad o las diferentes capacidades de cada persona) para establecer espacios que promuevan el rompimiento de barreras mentales y sociales y fronteras territoriales.
  • La inclusión equitativa se logrará a partir de un cambio de percepción mutuo, educando y capacitando de forma interna, lo que ayudará a las comunidades y los espacios a estar preparadas para recibir a todos los visitantes sin importar sus condiciones individuales y así generar beneficios para ambas partes. 
  • Es tan importante el acondicionamiento de los espacios como la capacitación de las personas, teniendo en cuenta que no sólo se trata de generar cambios estructurales en los espacios físicos sino en la capacidad de adaptación de los individuos a determinados espacios.
  • La inclusión se trata de reconocer límites y erradicar subordinaciones o segmentaciones sociales; es el reconocimiento en el otro como parte del colectivo, es conciencia, es actitud, es mediar la desproporción. (Encuentro Internacional de Amigos de la Biodiversidad y Manejo de Visitantes, 2019)

Hay que tener en cuenta que las personas a lo largo de su vida padecen alguna discapacidad, y ello no debe ser un impedimento para poder realizar actividades de ocio y culturales dentro de la comunidad. Es por tanto necesario, reconocer que las personas con discapacidad y/o necesidades especiales, con determinada edad, identidad de género, etnia, raza, constituyen un segmento en el que se debe de trabajar, para la concepción de productos y programas culturales de calidad.

Lo revisado en este artículo permite plantear la siguiente pregunta de reflexión que lleve a la acción: “¿Cómo son y cómo queremos que sean nuestros espacios culturales?”. Para responder esta pregunta es necesario que primero, revisemos las percepciones individuales, las representaciones sociales construidas a partir de modelos sociales, estereotipos de género y sistemas de valores; segundo realices un recorrido mental por el espacio cultural y registres la experiencia y tercero, realices una propuesta de mejora. La inclusión se trata de personas, no de etiquetas.



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