El poder de las emociones

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Las emociones funcionan como el motor que impulsa a la sociedad, que motiva el consumo y nos hace manipulables. Para tener influencia sobre ellas y aprender a manejarlas, necesitamos conocerlas.

El prominente psicólogo Daniel Goleman, asegura que la inteligencia emocional no significa ser simpático o popular, de hecho, en muchas ocasiones es necesario confrontar a alguien más, o enfrentarse a uno mismo y descubrir  verdades incómodas o hasta desagradables. 

La inteligencia emocional nos ayuda a administrar las emociones para expresarlas de forma apropiada y efectiva, de forma que los resultados de nuestras acciones y nuestras decisiones nos permitan alcanzar objetivos a largo plazo, ya sean personales, organizacionales o comunitarios.

Los teóricos que defienden esta tesis han identificado cinco habilidades básicas para el buen manejo de la inteligencia emocional, que si se desarrollan adecuadamente, nos permiten generar un mejor entendimiento de nuestros actos, y lo que nos motiva a llevarlos a cabo. Esto enriquece nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos, lo que tiene repercusiones positivas en todas nuestras actividades.

Cinco habilidades de la inteligencia emocional: 

  1. Autoconciencia
  2. Autoaceptación
  3. Autoregulación
  4. Autoanálisis
  5. Expresión

Autoconciencia 

Consiste en observarnos a nosotros mismos con desapego, desde una perspectiva externa y objetiva. 

Como dice Nathaniel Branden: entender nuestro mundo interior, motivos, pensamientos, estados mentales, emociones y sensaciones

Esto ayuda a aceptar nuestras emociones abiertamente, sin permitir que nos dominen y que controlen nuestra conciencia y nuestros actos. En otras palabras, la autoconciencia nos da la facultad de contener las emociones sin reprimirlas, para poder observarlas, entenderlas y trabajarlas.

Autoaceptación

La autoaceptación se basa en la compasión, y para trabajarla efectivamente es necesario tratarnos a nosotros mismos con la misma bondad y comprensión con la que trataríamos a un ser amado. 

Consiste en aceptar nuestras emociones sin reprimirlas ni censurarlas, y sin emitir juicios sobre ellas, pues donde hay enjuiciamiento no puede haber entendimiento. Para esto es preciso comprender que las emociones y sentimientos son reacciones automáticas a las cosas que experimentamos, siempre tomando en cuenta que es posible evitar comportamientos impulsivos. 

Es un ejercicio que procura la atención y el respeto a las emociones, aceptándolas como parte de nuestros procesos cognitivos, y que las trata sin atribuirles connotaciones negativas, para lo que se requiere operar en dos niveles distintos de conciencia: primero se debe aceptar la emoción, tal como aparece, y después habremos de analizar su origen, así como las posibilidades de responder conscientemente.

Hay que recordar que las emociones están fundamentadas en los pensamientos que subyacen a ellos, y que no existen las emociones malas, sólo mal manejo de ellas. 

Una persona autocompasiva intenta comprender qué siente y piensa, y por qué, y tratar sus sentimientos con bondad y aceptación; sólo así podrá encontrar formas sanas, íntegras y efectivas para resolverlos.

Autoregulación

De acuerdo con Goleman, la autoregulación se refiere a la disciplina requerida para mantenernos conscientes frente a la presión de los instintos, base para todo auto-control de las emociones

Si se han seguido los pasos anteriores con éxito, entonces podremos observar nuestras emociones con desapego; así podremos utilizar la voluntad consciente para elegir el camino a seguir según nos convenga, con base en nuestros objetivos a largo plazo. 

Esto nos permite controlar impulsos con efectos contraproducentes, automotivarnos para alcanzar nuestras metas y que la emoción pierda peso.

Autoanálisis

El autoanálisis es la parte máss racional del proceso. Se trata de entender las emociones que estamos sintiendo, y analizar su origen de forma objetiva y lógica: Todos los sentimientos están validados por los pensamientos que los generan, y por eso no tiene caso negarlos o desafiarlos, pero eso no significa que los pensamientos que generaron la emoción estén sustentados en la realidad, o que nos sean útiles. 

En esta parte del proceso, utilizamos la razón para investigar las fuentes de nuestras emociones, así como su validez y su valor para nuestra vida. 

Es entonces que tenemos suficiente información para poder elegir las vías de expresión que utilicen nuestra energía emocional de la forma más eficiente y productiva posible, que nos conduzcan hacia la obtención de objetivos y que operen de acuerdo a nuestros valores.

Para que este ejercicio sea efectivo, es indispensable mantener la postura objetiva y externa que se ha desarrollado en las etapas anteriores, ya que un observador desapegado se puede convertir en un analista reflexivo.

Expresión

Según el Dr, David Viscott, expresar nuestros sentimientos con total honestidad a la persona adecuada otorga beneficios como paz interior, satisfacción personal, y auto-aceptación. 

Esto se logra al canalizar las experiencias, pensamientos y emociones hacia acciones efectivas que nos permitan resolver el asunto que da origen a la emoción en cuestión. 

Para esto es indispensable actuar con integridad y fidelidad a nuestros valores, así como encontrar la mejor manera de expresar lo que sentimos desde todos los niveles del proceso comunicativo, para ser lo más claros, puntuales y directos que se pueda. 

Así podremos desarrollar estrategias y planes de acción efectivos, que nos permitan trabajar las emociones de forma que los actos consecuentes nos acerquen a nuestras metas a largo plazo.

¿De dónde vienen las emociones?

La mayoría de los especialistas sugieren que las emociones humanas fueron evolucionado como resultado de especializaciones fisiológicas y conductuales, que nos permitieron sobrevivir en entornos hostiles. Algunos calculan que la estructura del cerebro humano tiene unas cincuenta mil generaciones de historia evolutiva.

Hay mucha información científica interesantísima sobre la evolución del cerebro que se relaciona con las emociones, su relación con las sensaciones, el aprendizaje y el comportamiento humano. 

Hace muchos años se decía que la razón, -que era sinónimo de inteligencia-, se producía en el cerebro; mientras las las emociones, -que en ocasiones eran consideradas irracionales o incluso estúpidas-, sucedían fuera del cerebro. Hoy sabemos que el cerebro controla a las emociones, aunque también sabemos que las emociones pueden controlar al cerebro, lo cual hace el asunto mucho más complejo e interesante.

Parece que existen dos caminos que producen emociones: 

El primero y tal vez el más antiguo, surge a partir de la información que recibimos sobre lo que sucede en el entorno. Esta información nos produce emociones que nos generan tendencias de acción: vemos a un depredador y nos paralizamos por el miedo o escuchamos llegar al amor de nuestra vida y corremos a abrazarle. 

El  segundo sucede a partir de la información que tenemos guardada en la memoria, que refleja información antigua y que también nos genera emociones que generan tendencias de acción: podemos pensar en un tigre y sentir el mismo miedo que nos produce verlo o imaginar a un fantasma y sentir miedo. Podemos imaginar a la persona que amamos y sentir el mismo amor que nos produce su llegada, o más aún, imaginar a un ser idílico y sentir amor. Podemos sentir alegría o tristeza al recordar un evento que sucedió hace años. Podemos sentir cualquier emoción a partir de algo que inventamos o imaginamos. 

Se me ocurre que la memoria es energía renovable, que se recrea en función de nuevas experiencias, nuevas reflexiones y nuevas maneras de percibir y comprender la realidad. Entonces las emociones son también reformables, desde una perspectiva son involuntarias, desde otra son opcionales. Si cambiamos nuestros pensamientos o percepciones sobre algo, cambiamos nuestras emociones al respecto. 

¿Cuáles son las emociones básicas?

En la teoría de la rueda de las emociones de Robert Plutchik, se plantean ocho emociones básicas que se combinan para crear un abanico de sentimientos que construyen reacciones afectivas, que estimulan la disposición de ponernos en acción y al ser percibidas o sentidas constantes provocan estados de ánimo que pueden ser más o menos permanentes.

Cada emoción desencadena una serie de reacciones en nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu…

Con el manejo del marketing emocional comenzaron a humanizarse las marcas, buscando que pudieran vincularse con sus clientes para promover sus preferencias y motivar su consumo.

Las expresiones emocionales de las marcas transmiten y comunican una filosofía que se relaciona con la esencia misma de la organización y se sustentan en contenidos vinculantes que cuentan historias que generan emociones particulares.

Conocer cómo funcionan las emociones permite a las organizaciones vincularse de mejor manera con sus interlocutores para motivarlas a considerar sus propuestas y actuar en consecuencia.

¿Cómo funciona la alegría?

La alegría provoca sonrisas en los rostros y nos permite respirar mejor. Dejamos entrar el aire que renueva nuestras emociones y nos hace sentir ligeros.

Su intensidad dependerá de la activación que nos motive frente a un acontecimiento y la proximidad psicológica que tengamos con él.

La alegría suprime sensaciones negativas o de incomodidad, incluso puede anular el dolor y algunas reacciones fisiológicas para hacernos entrar a la sensación de tranquilidad y calma corporal.

Se asocia con el placer, la diversión, la armonía sensual. En niveles algo más altos puede llevar a la euforia y el éxtasis.

Si una organización nos genera alegría, es posible que se nos olviden sus posibles situaciones negativas.

¿Para qué sirve el amor?

El amor nos predispone a sentir confianza y acercarnos con intimidad, ternura o pasión a aquella persona o situación que amamos. Aumenta la oxitocina, la frecuencia cardiaca y la temperatura corporal, nos hace complacientes.

El amor nos invita a la coquetería, al agradecimiento y al compromiso, acompañado por la aceptación del otro que, a su vez, mejora la autoestima, la autoimagen y la seguridad.

Se asocia con la simpatía, la amabilidad, la afinidad y la adoración. Así nos enamoramos, y por eso muchos nos queremos acercar a un lugar o una organización que nos provoca confianza y agrado. En ocasiones patológicas puede conducir a dependencia extrema.

Si nos enamoramos de una organización o un lugar nos queremos acercar a él.

¿Qué provoca la sorpresa?

La sorpresa hace que se eleven nuestras cejas para ampliar el campo visual, se dilatan las pupilas para recibir más luz y disminuyen las frecuencias cardiaca y respiratoria. Es una emoción que puede vincularse con algo agradable o desagradable. Se desencadena de forma rápida.

La sorpresa permite reaccionar de manera eficaz a lo inesperado, aunque puede generar desconcierto sobre un acontecimiento, producto, servicio, propuesta o situación y convertirse rápidamente en otra emoción, positiva o negativa. Esta reacción se provoca por algo novedoso, imprevisto o desconocido.

La utilizamos para aumentar nuestra capacidad de recibir información y focalizar nuestra atención.

¿De dónde viene la tristeza?

Cuando leí que la RAE define la palabra tristeza como pena de muerte, me pregunté de nuevo si alguien puede morir de tristeza. Encontré que el  doctor Coruña sostiene que nadie muere de tristeza, pero si de sus consecuencias. Cuando lega a niveles patológicos se pierde el sentido de la vida y las personas pueden entrar en una depresión mortal.

La  tristeza solapa los circuitos del dolor físico, aumenta la producción de cortisol e incrementa el nivel de azúcar, puede bajar la temperatura corporal, a veces produce dolor en el pecho y se asocia con una función adaptativa y reparadora que provoca una disminución de energía e ilusión por las actividades cotidianas.

La tristeza nos invita al aislamiento y nos mete dentro de nosotros mismos para recordar, sufrir o encontrar soluciones y alternativas. Detiene o paraliza nuestro metabolismo. Se asocia con la nostalgia, el llanto y la depresión.

Puede conducirnos a buscar, consumir o vivir algo que hemos deseado o que solíamos tener y ya no tenemos, así que a veces se convoca esta emoción para lograr vendernos algo. 

¿Qué es el interés?

El interés agudiza nuestros sentidos y dirige nuestra atención a un punto específico. Aumenta el tono muscular, la tasa cardiaca, la presión arterial, la frecuencia respiratoria y la constancia de la piel y la adrenalina.

El interés nos da curiosidad, estamos cautelosos, nos acercamos con cuidado, nos vamos enredando en los mensajes que nos llevan a profundizar más y más, hasta que vamos redonditos a donde nos quieren llevar.

Nos lleva a querer saber más sobre las organizaciones, sus proyectos, resultados y propósitos.

¿De qué sirve el disgusto?

El disgusto ha servido durante siglos para alejarnos de contagios o situaciones que nos parecen indeseables, desagradables o insalubres. 

Bloqueamos las fosas nasales como para no oler, elevamos la barbilla, reducimos la apertura de los párpados para no mirar, aumenta la tensión muscular e incluso provoca malestar estomacal.

El disgusto genera una actitud de alejamiento. Se puede asociar con trastornos obsesivos compulsivos.

Actuamos en contra de lo que nos provoca disgusto y a favor de lo que puede erradicarlo.

¿Por qué sentimos miedo?

El miedo nos ha servido durante milenios para sobrevivir, nos avisa y nos pone alertas frente a un peligro inminente. Provoca que la sangre se reparta en lugares imprescindibles para tomar una actitud evasiva o defensiva.

El miedo nos somete a un estado de máxima alerta, se dilatan las pupilas, se alarga la comisura del los labios, aumenta la presión cardiaca y la sudoración, desciende la temperatura y aumenta el tono muscular, incluso hasta el agarrotamiento.

Se asocia al nerviosismo, ansiedad, preocupación, inquietud, y en un nivel más grave, con la fobia y el pánico.

Evita que nos relacionemos con otros productos, servicios u organizaciones competidoras.

¿Qué produce la ira?

La ira activa el sistema de defensa. Nuestro cuerpo envía sangre hacia las manos, para favorecer el empleo de armas o predisponernos para golpear de manera contundente.

La ira aumenta el vigor de nuestras conductas, elevamos los párpados superiores y contraemos las cejas, elevamos el mentón con los labios contraídos y dilatamos las fosas nasales.

Se acelera la frecuencia cardiaca, se elevan la adrenalina y el tono de voz y nuestro organismo se predispone para emprender la acción. Se asocia con la hostilidad, la furia, la indignación y, en casos extremos, con el odio patológico. Así, algunas organizaciones nos presentan imágenes devastadoras que nos provocan enojo.

Nos incita a manifestarnos en contra de algo.

 

En general los mensajes que provocan emociones de disgusto, miedo o ira presentan un problema seguidos de una solución que produce sentido de urgencia.

Últimamente el miedo, el disgusto y la ira se usan con frecuencia en campañas electorales, movimientos ciudadanos o ambientalistas y pueden funcionar en primera instancia, aunque en contrapartida generan malestar social.

¡Cuidado!

Si vas a utilizar estas emociones hazlo con conciencia y asegúrate de que no vas a provocar lo que quieres evitar.